Yo apuesto por ella

22 jul.

Hoy estuve ayudando a mi hija a prepararse para un paseo al campo con su escuela. La idea (y el dinero) es de la iglesia. Yo no tengo ninguna razón para tener sentimientos antirreligiosos, pero me da mucho temor que la vayan a captar. La religión ha ayudado muchísimo en este paréntesis del fidelismo al postfidelismo, pero como Vicvaporub contra la coriza. Si se empieza a querer imponer como tratamiento para toda la gripe va a pasar algo, porque la gente aquí no es religiosa hasta los huesos, y en el esfuerzo por ganar adeptos la iglesia se está poniendo trajes que no le quedan bien. Antes eran ovejas, cuando se acabó la revolución pastores, y ahora pesaos, tienen luz verde y no saben qué velocidad poner. No quiero que mi hija sea una de esos que dicen “aplastaré a mis competidores… si Dios quiere”. Si lo tiene que hacer, que sea sin connivencia. Yo sé que sigo teniendo influencia en ella porque nada le digo como adoctrinador, cuando le cuento cosas lo hago como si me las contara a mí mismo. Todo mi pasado está cubierto por cuestionamientos espesos, como queso derretido, menos mi formación atea, que siempre disuelve el queso y sale. He visto que la religión no es opio, pero sí un buen tabaco que se fuman los ingenuos, y esta sociedad es una criba antiingenuos. Yo no tengo mucho dinero disponible para protecciones espirituales para mi hija (que son, paradójicamente, las que más dinero chupan), así que mi habilidad intelectual tiene que exprimirse para ayudarla a trepar la Escalera. El Polo tiene un hijo en España y no sé qué va a hacer ahora, yo odio esas historias de padres idos e hijos buscándolos u odiándolos. Le digo al Polo que no deje que esa historia lo matricule, pero parece que no tiene la vocación de papá que yo tengo, quizá el niño es muy europeo, y como él rechaza todo lo que tiene que ver con su vida anterior, no ve cómo reunificarse. Yo le insisto porque lo estoy viendo venir, si nos hace falta algo en este caos, eso es un hijo, todos nosotros que hicimos proyectos y proyectos de gelatina, necesitamos un hijo al que podamos ayudar a realizar los suyos, y mostrarles que los sueños sí son necesarios, es más, son imprescindibles, es lo que nos mantiene buscando. Sacudiéndonos, como dice la gente. Claro, también hay que engañarlos, a los hijos no se les debe contar que por culpa de nuestros sueños, los nuestros, somos decrépitos anticuarios mirando películas larguísimas en el techo del cuarto cuando deberíamos estar durmiendo, pues no queremos dormir, no queremos soñar con los sueños. Ese es el sacrificio que hay que hacer, dejarles al pairo antes de ese descubrimiento. Si se van a topar algún día con que la esencia de la vida es una tontería tan grande como un sueño, que lo descubran solos. Mi padre hizo lo mismo, junto a él yo gritaba viva Fidel los fines de año, pero después no lo hacíamos. Entonces un día de 1987 me dio una revista soviética para que la leyera, y comencé mi propio sueño, el que cuajó mi espíritu y mis propias aspiraciones, hasta que se acabó (todos se acaban) y descubrí que la vida es una gran tontería. Pero viví lo mejor de mi existencia sin saberlo, y mi padre puede quedar satisfecho. Dice Polo que yo soy como un campesino que no se ha dado cuenta de que la ciudad está a diez metros, que en el mundo civilizado no hay quien piense en términos que lo único que pueden hacer es daño a mi hija. Pero yo apuesto por mí. Y por ella.


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