Los negros

23 abr.

Está lloviznando finito como si fuera nieve, o sea, con unas goticas tan chiquiticas que no pesan, y el viento las zarandea. Cuando los niños del barrio éramos niños y caían los aguaceros de mayo, la mejor aventura era bañarse en el aguacero ¡¡a bañarse en el aguacero!! y todo el mundo salía corriendo del edificio de Juansi y empezábamos a chapotear en los charcos, encogidos y con los ojos agachados por la fuerza de la lluvia. Y los vecinos ¡fulanito, mira que tú padece de asma, níiiño! ¡se lo voy a decir a tu mamá! ¡No Meri, mi mamá me deja! Los profesionales eran los negritos de Buena Vista, que venían hasta el Monte Barreto a bañarse en la laguna que se formaba con el agua que bajaba por la calle, allí no nos dejaban ir a nosotros. Cuando escampaba veíamos pasar a los mismos negritos por la cuadra, observando las casas, para después metérsele en el patio a la rusa a robarle mangos. La rusa tenía un perro en el patio, pero se le metían igual. En el Monte Barreto habitaban locos y majases peligrosos, y habían ruinas de un ingenio de los tiempos de la Colonia, y también era donde Juanadamelsaco hacía carbón. Juanadamelsaco era un negro viejísimo, alto, casi ciego, que le vendía carbón a Juana la del último piso, y Juana no le devolvía el saco. Entonces el viejo regresaba y le gritaba con su voz débil ¡Juana, dame el saco! Eso era en el edificio de al lado, allí vivía gente de origen pobre que habían hecho algo por la revolución, al principio, y en pago les habían dado apartamento en Miramar, pero seguían cocinando con carbón y luz brillante. La familia de Juansi vivía ahí porque el tío había peleado en Argelia. La puerta de la casa de Juansi estaba siempre abierta, siempre. Había veces en que yo iba por la noche a ver la pelota, porque siempre era agradable verla allí, como eran tantos hermanos uno la pasaba bien discutiendo. A veces llegaba y todo el mundo estaba durmiendo, algunos delante del televisor, dormidos en los sillones, pero la puerta seguía abierta. Entonces yo salía despacito y la cerraba. Así era su estilo de vida, como los camagüeyanos que vivían en el primer piso de mi edificio, que también habían recibido el apartamento, siempre con la puerta abierta. Tú entrabas hasta el baño y podías sorprender a alguien meando, cagando no, porque ahí sí cerraban la puerta. O durmiendo, entrabas a un cuarto y alguien de la familia estaba durmiendo. En la casa de Juansi sólo había un cuarto prohibido: el cuartico-e-criado, que era donde dormía el papá, allí escondía sus cosas religiosas, tenía una Virgen de la Caridad que alguna vez yo pude ver a través de la puerta entreabierta. Era un cuarto siempre en semioscuridad, porque él lo mantenía cerrado, y eso ante mi ojos le daba más misterio, más halo de peligro, de brujería. En aquella época tener una virgen era tabú, hoy en día la religión ya perdió su atractivo de sedición.
La tarde del domingo era el momento del peine caliente para las hermanas de Juansi. Ponían a calentar un peine de hierro semicilíndrico directamente sobre el fogón, entonces la mamá les embadurnaba el pelo (o sea, las pasas) con grasa y las peinaba con el peine hirviente, a veces las quemaba sin querer. Al final, todas salían con el pelo duro igual, pero estirado, y quedaba un olor a grasa y pelo humano quemados. Y luz brillante, eso era típico, en todas las casas de negros siempre había olor a luz brillante, cuando tú llegabas a un edificio y sentías ese olor, mirabas adentro y veías que allí vivían negros, por lo menos en Miramar eso era así casi sin excepción. Me imagino que era porque como ellos llegaron más tarde a esos apartamentos, no tuvieron ocasión de hacerse de cosas de valor, como hicieron los dirigentes, que tenían las casas amuebladas con lo que dejaron los expropiados. A los prietos les daban el apartamento pelao. La propaganda de la revolución decía que si el capitalismo volvía volvería también el racismo, pero la semilla de la tolerancia racial ya no hay quien la extirpe. Lo que más se puede desarrollar son los chistes racistas, pero esos hasta los negros los hacen. En Cuba todo el mundo ha hablado siempre mal de los negros, pero cuando escarbas un poco, el blanco que no tiene un amigo negro, tiene una novia mulata, el padre de Juansi era blanco gallego, por ejemplo. La endémica incongruencia cubana entre la palabra y los actos funciona también en este caso, pero positivamente.
Claro, no hay que exagerar, hay un negro que con el lío de las elecciones está apareciendo en actos públicos como uno de los candidatos. Ese no tiene ninguna posibilidad en este país, pero está bien, que luche. Yo nunca me hubiera imaginado que después de la revolución un negro fuera candidato a presidir Cuba, ahora tampoco me lo puedo imaginar (no es negro, es más bien mulato, pero tampoco).
Yo y Juansi intentamos muchas veces romper la insoportable barrera del misterio del Monte Barreto, pero adonde más lejos llegábamos era a los arbustos donde la gente se metía a templar o a cagar. O te encontrabas una cama de cartón, o pisabas una plasta. Sólo una vez llegamos más lejos y descubrimos las ruinas de un ingenio azucarero, que tiene que haber sido del tiempo de España, eso es para mí hasta hoy una incógnita. Cuando aplanaron el pobre monte a principios del dos mil, tienen que haber topado con esa reliquia, pero nunca se dijo nada. Eran cimientos de paredes de piedra antiquísima, en medio de la maleza, y piezas de hierro oxidadas también muy antiguas, del trapiche supongo. Yo quisiera proponer un levantamiento de esa zona, pero todo está ahora bajo toneladas de cemento y desidia.
Ya está lloviendo como debe ser, está cayendo tremendo aguacero, pero sin lagunas. Del monte sólo dejaron una ceiba, rodeada de hoteles. Se ve tan sola allí, sin su monte.



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