La primera manifestación

2 jun

Acabo de llegar de la plaza de la libertad, de ver algo muy interesante. Una tranquila manifestación de habitantes de edificios en mal estado, que fueron con carteles a pedir recursos para reconstruir ellos mismos las ruinas en donde viven. Había bastante gente, entre curiosos y manifestantes. Esta es la primera manifestación de reclamación desde que se acabó la revolución, no era una protesta, sólo una reclamación. Pero lo interesante es lo que hay detrás. Todo el mundo sabe que se está manejando el problema de las devoluciones de propiedades, cada vez se toca más el tema, y entonces esta gente decide salir a pedir apoyo para reconstruir su habitat (así mismo decía un cartel, haciendo juego a una campaña ecológica que hay ahora). Detrás de esta silenciosa manifestación hay un razonamiento muy hábil: ellos saben que el gobierno no va a emprender ninguna reparación en los edificios que va a devolver a sus antiguos dueños. Si ellos mismos, los vecinos, invierten su mano de obra y sus ahorros en la reconstrucción, apoyada además por el propio Estado, ya tendrían una legitimidad que defender a la hora de un posible desalojo (o reubicación, palabrita que nadie quiere tragarse). Toda esa cavilación la comentaban entre ellos y los curiosos, que como muchos son de por allí, se iban quedando por interés propio. Y entonces tú oías ¡Lázara, ven acá, oye esto! ¡Niña, ven acá, que esto te interesa a ti también! Otra cosa más que descubrir: cómo la gente recicla mecanismos de la revolución ahora para sus propios intereses, lo de reconstruir sus propias casas es la misma idea aquella de las microbrigadas, y me imagino que alguna reunión previa tuvieron que hacer entre los vecinos para organizar todo eso, o sea, como los CDR, o si eso suena demasiado ofensivo, por lo menos como los consejos de vecinos. Nadie estaba alterado, más bien estaban un poco espectantes por qué podía pasar. Ellos, los marginados, estaban reprotagonizando la primera manifestación, esta vez en democracia. Al cabo de un rato salieron unos señores muy atentos en guayaberas y recogieron un papel que traían los marginales. E inmediatamente se acabó la cosa.
(Ahora pienso ¿te imaginas qué cómico si a la hora de entregar el papel un prieto de esos se le olvida y dice “mire, compañero...”? No es un chiste absurdo, todavía hay gente que no ha perdido la inercia, yo lo oí, en Radiocentro un viejito se dirigió a un policía y se le escapó un “¿compañero, podría decirme...?”)
Los manifestantes se esfumaron después de entregar el papel, los curiosos se quedaron comentando y merodeando un poco. En todo ese tiempo no hubo un policía, al menos uniformado. La cosa duró sus buenas dos horas, tengo la camiseta marcada por el sol en los hombros como un certificado de asistencia. Allí no hay un cabrón árbol, esa plaza está en la esplanada donde estaba el yate Granma, que la gente devastó en una “noche de los cristales rotos”. En una sola noche descojonaron todo aquello, la pecera, el yate, y cuanto había allí (aunque no quedaron tantos restos como debían quedar, parece que además de destruir, confiscaron). Ahora es una plaza pelá, con florecitas y arbusticos, pero al aire libre, lo único que da sombra es el paredón donde está el nombre de la plaza, pero a partir de las 10 ya no hay sombra.
Hace unas semanas la última ceremonia de las elecciones, hoy la primera manifestación. Se está estrenando fuerte la plaza esa.



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