La masa

2 mayo

Estamos en período de elecciones, y a mí me asusta mi falta de entusiasmo por algo que nunca tuvimos. Quizá no es falta de entusiasmo, sino incredulidad. O falta de costumbre. Es que es difícil creer que tú vas a participar en las altas esferas de la mecánica política. Antes tú dejabas que se descojonara el universo, y que lo recompusiera el mismo que lo descojonó, mientras tú te ocupabas allá abajo, en tu cueva, de tu presente. Ahora es difícil creer que tienes tanta importancia, no importa que todo sea una apariencia, el sólo hecho de que los oradores pregonen lo que la gente puede, en vez de decir lo que la gente debe, ya es una tónica diferente. Y son prsonajes del patio, que se atrevieron en Cuba, gente nuestra. Yo creo que desde que se acabó la revolución, esta es la primera gran diferencia entre antes y ahora, y una diferencia ya estaba haciendo falta, la cabrona gente no tiene paciencia, y hay miedo por todas partes. También hay cosas tan cómicas como ver una valla electrónica supermoderna con propaganda electoral en un pueblito en el culo de Las Villas. Eso es un contraste que se lo deben sentir en los huevos esos guajiros que nunca han visto un ovni. Los reportajes lo machacan a diario, hay una escena que muestra una de esas vallas clavada cerca de una parada de guagua abandonada, es del carajo, porque esa parada manchada hasta las rodillas de tierra colorá es, efectivamente, una imagen que recuerda enseguida el pasado. A mí me recuerda la escuela al campo, o las idas al campo en el carrito de mi papá a buscar frutas o aguacates, o sea, la revolución. En primer plano el pulcro cartel galvanizado, y allá detrás la parada con la cabilla al aire. Un consultorio del médico de la familia de antaño, hecho como estaban, a lo comoquiera, tiene en esencia más importancia social, pero menos impacto visual que una valla fluorescente. Por lo tanto, hoy la valla vence con su banalidad al consultorio defensor del pasado (ya sé que no es un consultorio sino una parada lo que se ve en el documental, pero esta idea del consultorio la tengo desde hace rato). Yo me he dado cuenta de que la calidad, la excelencia de la calidad, incluso la sofisticación de la calidad, no es sólo cosa de cultos, al mediocre también le hace efecto, lo influencia y lo trasforma, sólo que en él la cosa sucede inconscientemente y por lo tanto, quizá más lenta (el Che también se dio cuenta cuando dijo “la calidad es el respeto al pueblo“, pero como era una consigna, nadie le hizo caso). Esas vallas están hechas con excelencia, con sus esquinas pulidas hasta el milímetro, el mediocre siente ese detalle, no lo “ve” pero lo siente, y con él siente que le han tomado en serio, al tiempo que tasa el poder de lo inimitable. El consultorio, que tanto beneficio le trajo, traía aparejada la falta de respeto. Él notaba que había sido hecho sin respeto hacia lo que él podría pensar de esa chapucería, un pegote de cemento que él sabía que se puede hacer mejor. Esa agresión espiritual no se curaba en ese cosultorio, y lo ofendía todo el tiempo en que él no estaba precisado de su beneficio. Era una cosa hecha sin amor. Alguien diría ahora ¿y la valla electoral qué tiene que ver con el amor? Yo creo que sí tiene que ver, está hecha por amor a la victoria de la habilidad, por amor al premio de la excelencia, que en el mercado es naturalmente la felicidad del dinero. Está hecha por el dueño de una fábrica de vallas que ama su fábrica porque es de él, y será también de su hijo. Es DE ÉL. El error del pseudosocialismo fue pensar en masas, en hacer feliz al individuo a través de la felicidad de la masa, la masa no tiene espíritu, es una larva que pide comer, leer, bailar, tomar cerveza, o tomar medicinas contra el dolor, entonces se le echa cerveza por una tubería de goma, o medicinas en un cartucho de bodega, o se le tira libros, no importa cómo caigan, se leen las letras, no el libro. ¿Cómo podría yo hacer feliz a alguien antes de ser yo mismo feliz?
Ahora hay otra atención a la masa, una atención más maquiavélica (pero eso no lo querremos notar por un tiempo). Ahora los que están fabricando el nuevo poder dedican un momento a mirar directamente a los ojos de cada uno de nosotros, y nosotros, todavía no preparados a sostener la mirada (con eso cuentan los del poder) pestañeamos y no sabemos cómo se reacciona. Pero al cierre del telón, estamos satisfechos de que se nos miró a cada uno un ratico. Somos la misma masa, pero cada uno nos llevamos una mirada a casa. A partir de ahí, salimos al otro día a la calle y ya notamos que nos cubre una burbuja que nos individualiza respecto al otro que camina cerca de ti. Así nace el lobo, pero eso no lo querremos notar por mucho tiempo, el mismo que duró el fidelismo multiplicado por 1,5 ó 2.

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