Villa Maristas

30 agosto

Hace unos días me llegué a Villa Maristas con un socio del barrio y un amigo de él, se enteraron de que la gente estaba iendo allá para ver aquello, como a un museo. Yo nunca había estado allá. Vi las habitaciones de interrogatorios con todo como era antes. Pero no es igual, lo han reconstruído las mismas personas que estuvieron allí, las víctimas (a la entrada han puesto una lista infinita con todos los que fueron vejados en ese lugar). Lo han ido arreglando con sus propios medios, pero todo está falto de autenticidad, muy limpio para transmitir esa certeza de que nada te protegía allá dentro, ni tus padres, ni un vecino valiente, ni tu ingenuidad. Ahí estaba el poder, el poder real con caras reales haciendo como que te escuchaban tus buenas razones, las razones que tú habías matizado para ellos, para que no se sintieran molestados por una confrontación excesivamente directa y al menos te escucharan. Y afuera en el parqueo, bromeando entre ellos compañeros de trabajo, vestidos de verde, los ladas y los perros vagabundos acogidos por la posta, y tú adentro quemándote la frente imaginando, previendo, recordando la cara de tu hijita y con ganas de llorar, y mirando esa mujer culona que no le sirve el pantalón verde olivo gastado y pensando que como debe de ser madre te comprenderá mejor, pero esa era aún más recalcitrante hijoeputa que el oficial que te ponía amistosamente la mano en la espalda para que entraras. Allí estaba la soledad, la SOLEDAD, donde cada arrepentido de otro era como un infarto que te daba, donde la cobardía era un mérito, o por lo menos un alivio. O donde te mantenías con tus argumentos y pal carajo todo y milagrosamente te salvabas y entonces nacías ese día a la profunda verdad de la dignidad, y entonces te hacías más tolerante, más comprensivo, más humano. Dónde estarán todos esos degenerados tan respaldados y tan seguros y tan aburridos de un trabajo tan mecánico, en el que siempre se sabía quién iba a ganar, y los cocineros, y los choferes y los perros, para que vean las paredes que aún no se han remozado llenas de carteles, con peste a meao, desconchadas a mandarriazos, escupidas. Que los lleven allí para que las paredes se les encimen con los ojos desorbitados preguntando ¡qué es esto, dios mío, qué ha pasado aquí, qué es esto!

Que los lleven allí para que se caguen en el recontracoño de su madre.



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