Día feliz

12 jul.

Hoy estuvimos hablando mucho el Polo, yo y un admirador del él (que no sé cómo reencontró al Polo) exchofer de no sé que exempresa, que seguía al Polo en aquella época de los conciertos. Estuvimos (¡otra vez!) en el macdonal del parque Maceo (al Polo le gusta ese lugar). Al principio el tipo quedó como flotando en nuestras disquisiciones sociofilosóficas. Hablamos de cómo el presidente maneja la neocubanía, de las condenas a los policías de Santiago y la contextualización de las convicciones, y algunas otras cosas, pero el socio se fue integrando, y al final su conversación resultó lo más interesante de escuchar. A través de él conocí otra cara de la historia que yo me he arrogado, los puntos de vista de alguien que no sufre, pero que lamenta que el Polo no siga cantando porque era bueno lo que decía. El tipo nos confesó cómo atesoraba el casete del Polo. Lo imaginé en su cuarto modesto, peinándose el pelo con agua, frente a un espejo desazogado. De pronto aparece su mujer recostada en la jamba de la puerta pelando un boniato ¡fulano, me tienes loca con la música esa, chico! ¡pon otra cosa, o el radio! y él, para reafirmar su solidaridad con el Polo, comienza a cantar también, pero las frases en su boca suenan absurdas, cómicas. Este tipo fue uno de esos tantos que uno no comprendía qué coño hacían allí en el teatro, no tenían el pelo largo ni usaban sandalias, por su aspecto parecían infiltrados de la Seguridad. Pero después los divisabas ya dentro aplaudiendo emocionados, o con los ojos abiertos tratando de descifrar cada parábola, que para su intelecto eran más difíciles, por la falta de ambientación. A veces no se enteraban, pero los demás empezaban a aplaudir y entonces sabían que algo se les había escapado. Al final, cuando los snobs y faranduleros se quedaban en el vestíbulo para inter-exhibirse, ellos sacaban su raída billeterita, compraban el casete y huían de la gran pasarela. Este tipo nos reveló cómo allá en su mundo pequeño también hay ilusiones, que no tienen que ver con la reforma social o con el futuro del mundo, sino con la mugrienta vida diaria y la certeza de que también se puede morir de inanición espiritual. Terminamos la noche en el muro del malecón, a cada rato el tipo cruzaba y nos traía algo, a mí un refresco, al Polo una cerveza, era evidente que se sentía bien con nuestra conversación de intelectualoides desfasados. Fue un día feliz para él, me alegra tanto eso.


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